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Análisis Juego de tronos 7x05 - Guardaoriente

De profecías y destinos; sobre conquistas, reinos y reinas.

George R.R. Martin fundó su Canción de hielo y fuego sobre una base tan terrorífica y mágica como real: las profecías pueden equivocarse. Al fin y al cabo son eso, profecías. Interpretaciones de sucesos que nadie sabe si realmente sucedieron, están sucediendo o sucederán en algún momento. Poniente y Essos, dos continentes separados por millas de mar, aglutinan en su saber popular las más diversas historias, leyendas y tradiciones, que en manos equivocadas, pueden llevar a la ruina a casas, dinastías y reinos enteros. A lo largo de sus novelas, Martin ha ido dando pequeñas pinceladas para que sea el propio lector el que, como si fuera un súbdito más de R’hllor o un sabio maestre de la Ciudadela de Antigua, el que las interprete y haga suyas.

D.B. Weiss y David Benioff, máximos responsables de la adaptación de Juego de tronos, han ido capeando esa peligrosa galerna que se cierne a veces sobre ellos. No es fácil trasladar tanto misticismo procedente de las páginas de una de las novelas río más ambiciosas de las últimas décadas, pero lo cierto es que, cuando se ponen, lo hacen con maestría supina. Guardiaoriente es uno de los episodios con mayor cantidad de información y detalles en su metraje, y eso se nota desde sus inicios. Quizás favorecido por la estructura de siete episodios de esta temporada o por una notable escritura a cargo de Dave Hill -el responsable de A Casa y Los Hijos de la Arpía vuelve a rubricar lo que es el capítulo con mejores diálogos en mucho tiempo-, el quinto tomo audiovisual que nos regala HBO es como este libro incunable y polvoriento que encuentra y lee Gilly mientras ayuda a su querido Sam en Antigua: la velada clave de algo más grande que de momento no alcanzamos a comprender pero estamos destinados a interpretar.

Reina entre cenizas

Si volvemos la vista atrás -cosa muy común en una serie como Juego de tronos, en la que hay que hacer un constante ejercicio de repaso al pasado para comprender las claves del futuro-, recordaremos lo difícil que era ver una batalla en la serie. Por temas de presupuesto, Weiss y Benioff se veían obligados a usar la imaginación y la narración de las consecuencias posteriores de los combates, siempre con secuencias muy bien rodadas o con elementos inusitados que nos rompían el espacio y el tiempo de los conflictos. Así narraron la Guerra de los Cinco Reyes casi en su totalidad. ¿No podemos mostrarlo en pantalla? Bien, usaremos los medios que tenemos para que os hagáis una idea de lo cruenta que ha sido la guerra. No quedaba mal, y en cierta manera, era un guiño a las someras descripciones de Martin en este aspecto.

Juego de Tronos 7x05 Guardaoriente

Guardiaoriente arranca entre cenizas. Con las duras consecuencias de la batalla que se libró en los últimos minutos del episodio anterior. Tyrion Lannister, que ha sido testigo desde la loma de la ferocidad de la carga de los dothraki y del incandescente fuego del dragón entre las filas de los Lannister, se pasea entre los restos de la masacre perpetrada por Daenerys y sus tropas. El gnomo se siente completamente devastado ante la destrucción que puede ocasionar una bestia como Drogon. Entre carromatos calcinados y cuerpos carbonizados, Tyrion Lannister tiene una revelación: las palabras que lleguen a los oídos de una reina, pueden tener consecuencias directas. Y a veces, si no se miden bien, pueden ser desagradables.

Os ofrezco una opción; arrodillaos y uníos a mí. Juntos dejaremos el mundo mejor de cómo lo era antes. O negaos... y morid

Daenerys Targaryen, al igual que los grandes conquistadores a lo largo de la historia de la humanidad, debe aprender que lo difícil no es ganar en el campo de batalla: lo complicado es ganarte los corazones y mentes de aquellos a los que intentas gobernar. Tyrion y la recua de consejeros de la reina de plata lo advirtieron en su momento. No todos te van a seguir ciegamente. Y pese a que Dany es capaz de escuchar, no hay que olvidar que su dinastía y sus fueros internos, son los de una verdadera Targaryen. Ya lo demostró en Meeren, Astapor o Yunkai, cientos de millas más allá, allende los mares angostos.

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De las cenizas, primero surge el dolor. Luego, la ira. Daenerys, con la omnipresente e intimidante sombra y figura de Drogon a sus espaldas -pura iconografía una vez más la mostrada por la dirección Matt Shakman-, ofrece una vía a los derrotados. Doblad e hincad la rodilla por mi, juradme lealtad, y viviréis. Negaos a hacerlo y compartiréis destino con vuestros hermanos de armas caídos. Comentaba el guionista Dave Hill en una entrevista a Entertaiment Weekly que "Daenerys ofrece una oportunidad a los vencidos, pero los nobles, pese a conservar sus títulos, dominios y nombres, no la aceptan". Se podría entrar en una discusión sobre la catadura moral de la decisión de calcinar a los insurrectos Tarly -la secuencia que comparten padre e hijo es bastante buena-, pero hasta el propio Alejandro Magno tuvo que sofocar rebeliones y castigar de forma pública a los rebeldes. De nada sirven los bienintencionados y correctos consejos y avisos de Tyrion, que quiere evitar la casi destrucción de una otra arraigada casa en Poniente.

Soy su Mano, no su cabeza. No puedo tomar decisiones por ella.

En cierta manera, se necesitaban este tipo de momentos en Juego de tronos. La serie había tomado un erróneo camino de excesiva idealización con respecto a la figura de Daenerys Targaryen, convirtiéndola en casi perfecta, en una figura de referencia. La adición de oscuras decisiones, peligrosas dicotomías morales y de errores en sus acciones, la convierten en un perfil más realista, creíble y acorde a las novelas y en cierta manera, más realista. Ya no es la protagonista que siempre llevaba razón o la que daba el discurso más épico y bonito con fanfarria musical de fondo. ¿Acaso no tomó el perfecto Robb Stark decisiones similares? El joven lobo también cercenó la cabeza de Lord Karstark pese a los consejos y avisos de los suyos, pocos hombres más justos pisaron la tierra en sus días. No olvidemos, además, su funesto destino. Esto sirve para la verosimilitud del relato, para comprobar que Juego de tronos ha enderezado su rumbo a escasas horas de su final.

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¿Traerá consecuencias este tipo de comportamiento a largo plazo? Siendo como son Weiss y Benioff, trileros y maestros del despiste, no se podría saber a ciencia cierta. Para lo que sí ha servido este suceso es para que tanto Varys como Tyrion se planteen sus roles como consejeros y Mano de la Reina, respectivamente. Además de servir como momento de confesión entre ambos, la secuencia ayuda a poner en perspectiva el papel de los asesores en tiempos convulsos. ¿Fue culpable Varys de las muertes del Rey Loco al proporcionarle información de aquellos que no agradaban al entonces gobernante Targaryen? ¿Se les podría atribuir a ambos el grado de cómplices? No es fácil ser consiliario en Poniente.

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La coyuntura de Jaime 'mano de oro’ Lannister

El capítulo pasado nos narraba los fuertes vínculos que surgen entre las más diversas personas. Entre soldados y capitanes. Entre hermanos. Entre amantes. Jaime Lannister, que ha sobrevivido a su irresponsable carga contra Daenerys Targaryen y su dragón gracias al arroje de ese mercenario tan locuaz como eficiente que es Ser Bronn del Aguasnegras, se encuentra en una difícil situación. Su hermana y amante, Cersei Lannister, es consciente del peligro que acarrea enfrentarse a Dany en batalla. Si bien la corona tiene recursos y el apoyo del Banco del Hierro, así como la posibilidad de contratar compañías mercenarias, la Khaleesi del mar de hierba dothraki tiene tres dragones. Y contra eso, como bien sabe Jaime, no se puede combatir.

Tenía que verte. Y sabía que nunca aceptarías verme. Padre hubiera estado orgulloso.

¿Qué mejor manera de ganar tiempo que con un armisticio? Llevado por sus propios temores, y por la necesidad imperiosa de intentar evitar un mayor derramamiento de sangre entre casas, Tyrion decide reunirse en secreto con Jaime Lannister para avisarle de un problema mayor que la conquista de los Siete Reinos: la amenaza del frío invierno que traen los no muertos bajo sus pies. El encuentro entre ambos hermanos se produce entre los cráneos y restos de los dragones que el propio Robert Baratheon ocultó tras la toma del Trono de Hierro, y como fríos vestigios del pasado, observan y son testigos de uno de los reencuentros más complejos de toda la serie. Separados tras la muerte del patriarca de los Lannister, Jaime y Tyrion -con mediación de Bronn-, muestran sus diferentes puntos de vista e intereses comunes. Ninguno de los dos es idiota, y sabe qué podría significar un encuentro encarnizado entre las dos reinas que se disputan Poniente en estos momentos.

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Jaime Lannister se encuentra en una posición complicada. Derrotado en el campo de batalla, herido y mutilado, y con un hermano al que quiere en un bando rival, sabe que cualquier movimiento que diga o haga puede confrontarlo de forma directa con respecto a su amada hermana y consorte. Tras acceder a comunicar el parlamento y tregua entre los dragones y los leones, Cersei Lannister le revela que ha sido ella la que ha permitido que se conspire en sus narices. En una maniobra digna de Tywin Lannister, Cersei revela sus cartas y le confiesa al otrora Guardia Real una de las bombas del episodio: está esperando un hijo. Las connotaciones de esta revelación, si Weiss y Benioff se la toman en serio en episodios posteriores, pueden ser enormes. Por una parte podemos tomar este momento como una hábil e inteligente maniobra de Cersei para atar -una vez más- a Jaime a su lado, y por otra, siguiendo con el hilo temático que parece impregnar el capítulo, como una nueva afrenta para la profecía en desarrollo de Maggy la rana, aquella que se cierne cual losa sobre el destino de la descendencia de la Guardiana de Occidente. Pero ya sabéis: las profecías mutan y cambian según aquellos que las interpretan.

Al león no le importan las opiniones de las ovejas

Desembarco del Rey nos ha guardado en Guardiaoriente otra gran sorpresa. Entre los callejones del Lecho de Pulgas, entre barro, burdeles, herrerías y tenderos, Ser Davos Seaworth siempre se ha sentido cómodo. Su pasado contrabandista le permite conocer todas las calas secretas o poco patrulladas de Poniente, y gracias a él, Tyrion Lannister ha podido reunirse con su hermano sin curiosas e indeseadas miradas. Pero el caballero de la cebolla, tras muchos años al lado de Stannis Baratheon, sabe jugar sus cartas de forma inteligente. Su viaje a la capital y los territorios de la corona no es casual. Davos decide buscar a Gendry, el bastardo de Robert Baratheon, para una arriesgada misión comandada por Jon Nieve. El impagable Suponía que seguirías remando es una de las metareferencias al espectador mejor hiladas en años, y el verlo manejar el martillo como haría su padre, un espectáculo absoluto. Gendry, que fue usado en el juego de tronos por la bruja roja Melisandre como mero contenedor de sangre real para sus designios y profecías, vuelve al tablero para ayudar a Jon en una arriesgada misión más allá del Muro.

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Los fríos dedos de Meñique

Pocas cosas duelen más al aficionado de Canción de hielo y fuego que el maltrato a un personaje emblemático. Es cierto que se puede comprender ciertos sacrificios en la adaptación, cambios en perfiles y personalidades, pero no caricaturas. Desgraciadamente, Petyr Baelish, uno de los más divertidos, maquiavélicos e inteligentes cerebros de Poniente, es una caricatura en Juego de tronos. Comenzó bien e incluso tuvo su momento de gloria, pero desde que está en Invernalia como Guardián del Valle, parece que no termina de encontrar su sitio. Sus intenciones a la hora de enfrentar a ambas hermanas Stark, Arya y Sansa, tendrían cabida en un mayor desarrollo, pero ahora parece más un juego inútil e infantil que otra cosa.

Sí, Juego de tronos durante mucho tiempo jugó a la yuxtaposicón de perfiles entre Arya y Sansa, dos lobas con intereses diferentes y pareceres distantes. Sansa ha madurado como persona -es uno de los personajes más interesantes y complejos de toda la serie-, y ahora es más fría, inteligente y calmada. Sin ir más lejos, su confrontación dialéctica con Arya, más despiadada y pasada de vueltas de lo que cabría esperar, funciona en pantalla. La ausencia de Jon como Rey en el Norte podría haber servido para acrecentar las mismas -la secuencia del parlamento con los Royce y Glover quejándose en público es incluso buena-, pero el tiempo en pantalla para esta trama es el que es, y dado que todo está previsto con exactitud para otros menesteres más importantes, cualquier acierto se diluye.

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Es una lástima, pues la treta de mostrar una antigua carta enviada por Sansa a su hermano Robb pidiéndole lealtad a la corona y al Rey Joffrey, habría cuajado de forma excelente en otros momentos. De hecho es el típico elemento con connotaciones de red herring propio de George R.R. Martin, que no sería de extrañar apareciera en algunas de sus novelas bajo otro contexto. En cualquier caso, la carta y la estrategia de Meñique parece ahora un elemento forzado; una nota asíncrona y desafinada que sigue estropeando una sinfonía muy irregular.

Mejor llevado es el recurso de Bran y sus habilidades como cambiapieles. El nuevo Cuervo de Tres Ojos lo ve y siente todo, y pese a estar tullido, puede volar. El pequeño Stark usa los cuervos para advertir de la amenaza que se cierne sobre Poniente: los Caminantes Blancos y las legiones de muertos van a golpear con dureza Guardiaoriente del Mar, el puesto más alejado y débil de la Guardia de la Noche en el Muro. Tal y como las llamas de la crepitante visión de Thoros de Myr adelantaron.

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Cuando las profecías te marcan el destino

Juego de tronos, cuando quiere, es una serie muy sutil. En sus primeras temporadas era capaz de crear atmósferas que aportaban riqueza a cada diálogo y situación, añadiendo un contexto para según qué temas de una forma excelente. Las conversaciones de alcoba, los parlamentos entre señores norteños o la inteligente decisión de convertir a Arya Stark en copera de Tywin Lannister. Sí, muchos se tiraban de los pelos en su momento -¿por qué tarda tanto la serie en arrancar? ¿qué necesidad hay de recrearse tanto en detalles así?-, pero al final se demostró que era una fórmula única, a prueba de fuego de dragón, que permitía un desarrollo inteligente de personajes, situaciones y argumentos.

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Con el paso de los episodios eso se fue perdiendo en pos del efectismo y de los atronadores fuegos de artificio que llegaron con las temporadas más recientes. Weiss y Benioff vuelven a esa senda, pero con mayores revoluciones por minuto, y dejando a un lado las chequeras en blanco de la HBO y su aumento de presupuesto, nos regalan secuencias que bien valen haberse tragado en el pasado algunos de los momentos más bajos de la producción. Así, con una leve caricia a la indómita y salvaje montura draconiana de Daenerys, Jon demuestra aquello que se narró durante la temporada pasada.

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Sí, las visiones de Bran y el Cuervo de Tres Ojos nos ofrecieron el momento de su nacimiento en la Torre de la Alegría, y ya éramos conscientes de que el bastardo de Ned no es su bastardo, pues por sus venas corre sangre de dragón. Jon hijo secreto de Lyanna y Rhaegar Targaryen no teme a Drogon y Drogon, por su parte, se siente más que cómodo a su lado. Blanco y en botella -y no, no hablamos de leche de la amapola-. La mirada de la reina de plata a lomos de la bestia alada, es impagable.

Maynard dice aquí que otorgó una anulación a un príncipe llamado "Ragger" y lo casó de nuevo con otra mujer en ceremonia secreta en Dorne

Más velado es el tema de su legitimidad con respecto al Trono de Hierro. Sin entrar en discusiones demasiados sesudas sobre la relación entre Lyanna y el príncipe Rhaegar y la obsesión de éste con las profecías -como las que han alimentado los foros de internet durante años-, HBO nos suelta una pequeña migaja vital para el devenir de los acontecimientos que bien podría pasar desapercibida, y lo hace de la boca de Gilly. El Septón Supremo anuló el matrimonio del dragón con Elia Martell y lo casó en secreto en Dorne con Lyanna Stark. Esto, que sale de forma velada mientras Sam da un discurso -que ignora que ahora es el heredero de su casa tras la muerte de su padre y hermano-, cambia por completo el organigrama y la línea de sucesión al trono. Jon Nieve podría ser, a efectos legales según las leyes y tradiciones de Poniente, Jon Targaryen. Casi nada. El príncipe que fue prometido. Aquel que nació entre la sal y el humo, bajo una estrella sangrante.

Regreso a su servicio mi reina si usted me recibe

Tras unos fugaces reencuentros -como el de Ser Jorah Mormont con su amada Khaleesi-, Jon, Ser Davos y Gendry parten hacia Guardiaoriente -destacar la conversación entre los bastardos en las cuevas de Rocadragón, lo que supone un nuevo eco a la relación entre Ned Stark y Robert Baratheon-, en lo que es una auténtica misión suicida tras el aviso de Bran Stark desde Invernalia del avance de los Caminantes Blancos y sus mortecinas legiones.

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Allí, en el fuerte de la Guardia de la Noche, cruzan sus destinos los más variados y estrafalarios personajes, pues la Hermandad sin Estandartes varó allí, a la sombra del Muro, tras las visiones de su beodo sacerdote rojo. Sin contar una vez más los soberbios diálogos de Hill -la pelea dialéctica entre Jorah Mormont y Tormund acerca del pueblo libre y las bajas que causó el padre del primero son geniales-, este heterogéneo grupo de personajes sale de la relativa seguridad del bastión de los cuervos para aventurarse más allá del Muro y capturar a un Caminante Blanco con el que demostrar a Cersei Lannister que las antiguas profecías estaban en lo cierto.

No queremos ir, tenemos que hacerlo. Nuetro Señor nos dijo que la Gran Guerra se aproxima...

De procedencias distintas, odios dispares y diferencias irreconciliables, los integrantes de la Hermandad, liderados por Jon Nieve y Lord Beric Dondarrion, se encaminan hacia su más que posible encuentro con la muerte. Siete hombres caminando -en lo que es una especie de evidente homenaje a la obra de Kurosawa- bajo la nieve dispuestos a decidir el destino de todo hombre vivo en Poniente. El número, no obstante, no es para nada casual: siete reinos, siete dioses. El paradigma de que a veces, las profecías nacen fruto del destino más azaroso. ¿Nos tocará a nosotros recitarlas e interpretarlas?

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