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Análisis Juego de tronos 7x01 - Rocadragón

De reencuentros, liderazgos, recuerdos y vueltas a casa.

Uno de los aspectos fundamentales de Juego de tronos como producto televisivo, es que siempre ha hecho uso de una serie de mecanismos narrativos y de planteamientos únicos. No se ha cortado a la hora de presentar, perfilar y disponer personajes, situaciones y hechos en su metraje -a lo largo de sus ya siete temporadas- con su propio pulso y ritmo. Si bien es innegable que en sus últimos episodios se ha entregado al efectismo más reiterativo -cosa lógica dado el punto de la trama en el que nos encontramos-, la serie de HBO ha sabido hacer uso de sus propios e intransferibles ingredientes catódicos en una receta propia y de difícil imitación.

George R.R. Martin concibió con Canción de hielo y fuego un universo fantástico complejo, regado y aderezado de una mitología tan veraz como aterradora. A lo largo de miles de páginas, los más ávidos lectores han esperado respuestas, resoluciones y finales, ansiosos por ver cómo muchos de sus amados y queridos personajes, conseguían y lograban sus metas y objetivos. Desde los más grandes a los más pequeños. Rocadragón, primer episodio de la séptima temporada, ofrece precisamente eso en su menú: el principio del fin.

Rocadragón es uno de los inicios más potentes y redondos -a muchos niveles- de toda la serie. Sirve como primer paso hacia la consecución de algo más grande, y al mismo tiempo, como declaración de intenciones para todos los personajes que quedan con vida en este enorme tablero que es Poniente. Pero no hay que olvidar que, más allá de las eternas guerras de casas, las rencillas entre familias y las conspiraciones o intereses propios, nos encontramos en un gélido horizonte en el que los vientos del norte se han alzado, y con ellos, la peor de las amenazas posibles: el retorno de la larga noche.

Vientos de invierno: el precio del liderazgo

Vientos de invierno

¿Cómo dirigir las defensas de un Norte que se derrumba y se ha visto envuelto en un conflicto tan duro entre los Bolton y los Stark que lo ha desangrado hasta sus últimas consecuencias? La sexta temporada nos explicó cómo se gestó la traición entre algunas familias norteñas con tal de apoyar a Ramsay Bolton -el bastardo sanguinario de Roose Bolton- en su reclamación de Invernalia tras ser ungido como Guardián del Norte.

Una vez derrotado Ramsay bajo el liderazgo de Jon Nieve y el apoyo -mesiánico- de las tropas del Valle y los caballeros de la casa Arryn, toca reconstruir y liderar. Dan Weiss y David Benioff, showrunners de Juego de tronos, se sienten muy cómodos tratando este tipo de tramas. Disfrutan en los parlamentos y discursos norteños, una zona geográfica con multitud de dinastías de marcada personalidad e intrínseca naturaleza. Karstark, Glover y similares, tildados en su momento como traidores, deben ahora jurar lealtad a Jon Nieve -Kit Harington- y comenzar desde cero. La unión en un mundo en el que los muertos han vuelto a la vida es vital.

El liderazgo de Jon Nieve es incuestionable; justo y honorable

La secuencia en la que Jon, pese a los comentarios críticos de Sansa Stark -la loba pelirroja ha ido forjando su carácter hacia la madurez episodio tras episodio-, impone su ley y criterio y concede una segunda oportunidad a aquellos que traicionaron en el pasado a los Stark, es muy inteligente. Sirve como eco directo a las veneradas conversaciones de alcoba entre Eddard y Catelyn en los albores de la serie, y nos ayuda a comprender cómo dos niños en su momento -como lo eran Jon y Sansa-, han macerado su personalidad tras las infinitas penurias que ambos han pasado y vivido en sus propios pelajes.

Penurias que el propio Samwell Tarly -John Bradley-West- está sufriendo en sus carnes miles de millas más al sur, en la ciudad de Antigua. Los días pasan rápido en la Ciudadela, rodeado de libros a los que no puede acceder, mientras el bueno de Sam anda cambiando letrinas y sirviendo potajes. Pensando en que está desperdiciando una oportunidad de oro en una asfixiante carrera contrarreloj, Sam tiene sobre sus hombros la responsabilidad de encontrar la clave y respuesta para combatir a los Caminantes Blancos y sus legiones de muertos. El uso -inteligente, como recurso de guión- de nombrar Rocadragón como solución de todo tras bucear en antiguas y amarillentas páginas, ayudará a enlazar varias de las tramas del episodio hacia un final tan evocador como resolutivo, que calará en la mente del espectador.

Dos hermanos contra el mundo

Vientos de invierno

Si Jon y Sansa forman una pareja especial, el otro punto de la balanza tenemos a Cersei Lannister -Lena Headey- y Jaime Lannister -Nikolaj Coster-Waldau-. Los mellizos de Tywin Lannister se reparten el mundo y hablan del destino de su casa mientras caminan sobre un mapa de Poniente recién pintado en sus estancias de La Fortaleza Roja en Desembarco del Rey -aquí la dirección de Jeremy Podeswa se antoja excelente, con un uso perfecto del espacio y la imagen-. Mientras Cersei y Jaime hablan de los difíciles tiempos que corren para la corona y su familia, los Lannister discuten sobre la necesidad de comenzar guerras abiertas y descarnadas contra según qué regiones, casas y enemigos.

Cersei Lannister, ebria de poder y herida ante la pérdida de su descendencia, cuaja una venganza imposible mientras los vientos del invierno se levantan

Hay problemas de mayor trascendencia -Daenerys Targaryen está a las puertas de su conquista y desembarco en Rocadragón y el invierno está encima de ellos-, pero Cersei quiere venganza. Ha perdido a sus hijos de diferentes y trágicas maneras, y no está dispuesta a dejarlo pasar. Este imperioso deseo de retribución en una ciudad en ruinas tras volar el Septo de Baelor, cuaja una de las escenas y diálogos más inteligente entre ambos personajes. Sí, sabemos que el Jaime Lannister de los libros puede que no vuelva jamás -aquí no es más que un títere en las manos de Cersei, y no el animal escarmentado, traicionado e independiente que pudimos ver los escritos de Martin-, pero su incredulidad y desconfianza ante la figura de una leona paranoica que quiere usar a Euron Greyjoy y su flota de naves para hacer arder Poniente, ha sido bastante reconfortante.

El mundo de grises y oscuros

Vientos de invierno

Curioso es el paralelismo que podemos observar entre los destinos de Sandor Clegane -Rory McCann- y Arya Stark -Maisie Williams-. El Perro ya es una parte indivisible dentro de ese heterogéneo grupo de justicieros que es La Hermandad sin Estandartes, con Beric Dondarrion y Thoros de Myr a la cabeza. Siempre ha sido un personaje peculiar, gris y frío, pero consciente del mundo que le rodea. No ha ocultado su naturaleza -no obstante, es un hombre con una cicatriz aterradora en la cara y eso lo hace ser directo, pues paradójicamente, no hay máscara de cortesía que lo oculte-, y pese a que ha acometido atrocidades en su vida, sigue siendo un perro atormentado con un cierto código de honor en su comportamiento. Su conversación sobre la importancia de las creencias y el sentido del deber en tiempos oscuros, con una enorme ventisca de fondo -a la que decide salir para dar sepultura a dos víctimas inocentes del invierno-, es una nueva muestra de como Weiss y Benioff son capaces de entender el fondo y el contenido de determinados personajes y plasmarlo a la perfección con imágenes, sin diálogos pomposos o frases lapidarias.

‘Deja un lobo en libertad y las ovejas nunca estarán a salvo’

Por su parte, observamos como Arya Stark consigue aquella meta que ansiaba con tanto ahínco: asesinar al responsable de la matanza de sus familiares en los Gemelos en la recordada y fatídica Boda Roja. La secuencia de apertura de Rocadragón, aunque algo torpe, es poderosa visualmente, y nos revela hasta qué punto Arya ha crecido en habilidades como mujer sin rostro. Pero más allá de estos trucos efectistas tan manidos -¡ya está bien de usar ‘el norte recuerda’!-, funciona. Funciona, pues los mecanismos implementados dentro del perfil de Arya en la serie, han sido casi siempre los mismos. Simples, sí, pero efectivos.

Mucho mejor es cuando la serie ahonda en lo íntimo y personal. Arya siempre ha sido muy visceral y directa -sí, igual que el Perro-, y en una conversación con un grupo de soldados Lannister comprende que su visión sesgada del mundo, no es la correcta. Todos los integrantes de una guerra tienen una vida tras ellos, una serie de inseguridades, esperanzas y sí, metas y objetivos en la vida. Compartir fuego, comida y vino entre iguales es una comunión especial en el campo de batalla. Arya Stark es consciente, por primera vez en mucho tiempo en su particular cruzada, que detrás de las máscaras y estandartes, también existen personas.

Volver a casa

Vientos de invierno

Los minutos finales del episodio nos trasladan a Rocadragón. Hablamos de una secuencia imponente y solemne, en la que sin diálogo alguno, asistimos a la llegada de la dinastía Targaryen de nuevo a Poniente. Apropiándose de la fortaleza que antaño perteneció a su familia -y que durante largo tiempo fue regentada por el único y legítimo Rey de Poniente, Stannis Baratheon-, Daenerys Targaryen -Emilia Clarke- camina por sus salones, abre sus portones, retira polvorientos blasones y se empapa del misticismo que rodea a este frío, húmedo y único lugar entre paredes y tronos de dragones esculpidos en obsidiana. Son segundos evocadores, en los que somos capaces de llegar a sentir en nuestros propios dedos la húmeda arena que pisa y palpa Daenerys. La sensación telúrica de pisar el hogar es única; Dany por fin está en casa; aquella de la que tuvo que huir. Su ansiada meta se encuentra al alcance de su níveas manos.

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